La caja

 

Estaba arrodillada sobre mi impermeable amarillo de charol haciendo agujeros en la tierra para plantar patatas, que son esos tubérculos redondos que tienen tantas posibilidades en la cocina, y que tanto nos gustan en casa, cuando al meter la paleta para seguir ahondando topé con algo duro. Seguí picando para hacer el agujero más grande  y poder rescatar de la tierra húmeda lo que aquello fuera, que resultó ser una caja de hojalata de proporciones bastante grandes, en cuya tapadera aún se podían ver unas ciruelas dibujadas. Parecía llevar enterrada mucho tiempo, pues en muchos lugares el orín había hecho sus estragos.

La desenterré con mucho esfuerzo y cuidado y le quité toda la tierra que había quedado adherida. Me limpié las manos en mis viejos tejanos, y me la llevé a la cocina. Después de varios intentos conseguí abrirla.

Como soy una soñadora incorregible os diré que este encuentro me había emocionado aún antes de saber lo que contendría la caja, y estaba bastante expectante sobre lo que allí habría. Me sentía además como si estuviera profanando una pequeña tumba.

Lo primero que llamó mi atención era que la caja contenía bastantes cosas. Una receta para hacer el pavo relleno de piña, para treinta comensales, En este pequeño detalle ya se podía ver la antigüedad de la caja, pues hoy en día en pocos hogares se cocina para tantos. Había otra receta más para conservar las verduras, y otra para hacer licor de manzana. Había también unos cuantos botones que parecían ser de plata, una vieja fotografía de un barco de vapor, unas antiguas gafas de concha, unos gemelos de teatro de nácar, una libretita pequeña de tapas de hule de color negro en la que aún se podían ver algunas anotaciones de lo que parecían ser cuentas domésticas. También saqué un pequeño bolso de raso bordado de pedrería, que para mi desilusión además de estar vacío, estaba roto en algunas partes. También había un paquete con cuatro cartas, que me apresuré a leer, pensando en que eran cartas de amor, pero pronto me desilusioné, pues eran cartas comerciales en las que se cruzaban un pedido de tela para un vestido y el correspondiente pago.

Pero además de las cartas, lo siguiente que llamó mi atención fue un paquetito de papel de seda que aún conservaba su color azul. Lo desenvolví con mucho cuidado, dentro había una corbata de lazo de color verde, bastante deteriorada y un sujetador de fina batista, que por su gran tamaño debió de pertenecer a una dama muy bien dotada. ¿Por qué habrían puesto juntas estas dos prendas tan dispares?

Cómo podéis imaginar aquello desató mi fértil imaginación.

No se si os he dicho que vivo en el campo, aunque me figuro que lo habréis adivinado por aquello de plantar las patatas. Vivo con mi padre en una finca que heredé de mis abuelos maternos. Me encanta esta vieja casona apartada de todo y de todos, pues puedo dedicarme a lo que más me gusta que es la lectura y la escritura, escribo pequeños cuentos para niños que se publican en revistas especializadas en literatura infantil, y la soledad que se respira en esta casa me sirve perfectamente para mi trabajo.

Cuando por la noche llegó mi padre del trabajo me faltó tiempo para enseñarle mis tesoros y contarle todo lo que pensaba sobre ellos.

-¡Vaya sujetador! ¡Qué tamaño! ¡Qué lastima que ahora se vean pocas señoras con semejante dotación!

-Sí, eso, tú solo fíjate en el tamaño, ¿por qué no te fijas en lo raro que es que hayan guardado una cosa así?

-Es que la que tiene la capacidad de inventarse historias eres tú, yo sólo me limito a lo que veo.

-Claro, y por eso sólo ves el tamaño ¿no? –contesté con una carcajada.

Pasó algún  tiempo y no pude dedicarme a mi tesoro, como yo lo llamaba imitando a Gollum del Señor de los Anillos pero en cuanto tuve la oportunidad estuve investigando en la vieja historia familiar para averiguar de quién serían aquellas cosas.

Pero parecía que daba con un muro de piedra pues no conseguía dilucidar nada.

Entre otras cosas mi imaginación fabricaba historias de amor e infidelidades, o por el contrario historias de amores imposibles, pero claro esto no era tan normal porque si había sido un amor imposible no habrían estado juntas esas prendas tan dispares, también inventaba historias con un fantasma dentro, en fin, que mis ensoñaciones eran de todas las clases y colores.

Me sentía frustrada al no poder averiguar nada del porqué de esas dos prendas, hasta que un día en el desván encontré entre muchos libros viejos que había en una caja un pequeño cuaderno con las puntas rotas y carcomidas por los ratones, el hallazgo me sumió en una profunda alegría.

Corriendo bajé al salón y me senté en mi sillón favorito dispuesta a devorar el diario  con la ilusión de ver si encontraba la solución a mi pequeño misterio y ¡vaya si la encontré! El diario era de mi tía abuela de cuando tenía 16 años y entre otras cosas explicaba que suspiraba de amores por un marino mercante, era una amor precioso que se desarrollaba sólo por carta, pues él casi todo el año iba embarcado y esto a ellos parecía que le hacía una ilusión enorme pues le daba un aire romántico y de sufrimiento que les encantaba.

Seguí pasando las páginas hasta que por fin encontré lo que tanto había buscado ¡y qué desilusión más grande me lleve! Resulta que me tía abuela en una función que había hecho para las navidades se había tenido que disfrazar de caballero y como estaba tan bien dotada, como ya ha quedado claro, pues se había quitado el sujetador y se había enrollado una tira larga de sábana alrededor del pecho para comprimirlo y así poderlo disimular.

Lo que ya no me quedó nada claro es por qué lo había guardado junto con la corbata en el papel de seda y lo había puesto dentro de la caja.

Pero bueno mejor que sea así pues puedo seguir dejando volar mi imaginación con historias menos prosaicas y más fantasiosas.

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