El hombre del anden

El hombre pasea arriba y abajo del andén con las manos en los bolsillos, su paso es enérgico, de vez en cuando se para, mira hacia arriba, sacude la cabeza y retoma su febril paseo.

Quiere dejarla, bueno de eso no está seguro, cree que debe dejarla, pero en realidad lo que de verdad quiere es que ella no se hubiera cruzado nunca en su camino. Pero tiene miedo, un miedo atroz a quedarse solo, miedo a terminar haciendo lo que sabe que no tiene que hacer.

Piensa en que si pudiera contarle a algún amigo sus dudas quizás podrían ayudarle, pero ¿cuántos amigos ha tenido en su vida? Amigos de verdad, no de esos que van y vienen sino de los de siempre, de esos en los que puedes confiar de verdad, y descubre extrañado que no tiene ni siquiera uno, no puede pensar en ningún nombre al que dar el título de amigo, quizás él mismo es su amigo pero ni aún de eso está seguro.

En estos terribles momentos lo que sí sabe con seguridad es que le gustaría que la pesadilla hubiera terminado, también sabe que lo que tiene que hacer no quiere hacerlo.

Detiene sus erráticos paseos y se concentra para intentar recordar como empezó todo. Su mente se pregunta insistentemente porqué le tiene que pasa a él esto, él que siempre ha llevado una vida tan ordenada en la que todas las piezas encajaban en su sitio, sin dejar ni un resquicio a la improvisación ¿será precisamente por eso? –se pregunta.

Lo único que tiene claro es que se quedará donde está hasta haber tomado una determinación, eso es piensa, no se moverá hasta estar seguro de cuál será su siguiente paso.

Sabe que no es ningún cobarde, tiene muchos defectos pero no es un cobarde, por eso está seguro de que afrontará su problema cara a cara. Se enfrentará a lo que tenga que enfrentarse.

Una idea acude consoladora a su mente, llamara a su hermana y le contará la resolución que tome. Sí, pensándolo bien, confiaba en su hermana, se podría decir que era esa amiga que pensaba que nunca había tenido. Ella siempre había estado allí, aún cuando él la mayoría de las veces no lo notase. Al darse cuenta de esto instantáneamente se calmó, y se dio cuenta de que estaba divagando y que esto no era conveniente para solucionar su problema.

En un nuevo arrebato, el hombre del andén, se sentó en un banco y sacó del bolsillo el ajado mensaje de su mujer y volvió a releerlo por enésima vez, pero esta vez lo leyó desapasionadamente, con calma, sin tanta rabia, pero con la misma extrañeza, con el mismo estupor, con la misma incredulidad. Y entonces fue cuando con toda calma tomó su decisión.

La decisión de matarla. Desde ese mismo momento su mente y su cuerpo se relajaron y pudo pensar con toda claridad en cómo iba a  llevar a cabo el asesinato de su esposa.

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