La Obsesión

LA OBSESIÓN

 

 

La primera impresión que causaba aquella casa al verla era de incongruencia porque estaba metida entre dos altos bloques de pisos, parecía que había sido metida allí con calzador, que estaba encajada a la fuerza. Era una casa antigua, de dos plantas y daba la sensación de que sólo se aguantaba en pie porque estaba sostenida por los dos altos edificios que la flanqueaban.

Vivian en ella un matrimonio de mediana edad, sin hijos. Eran un matrimonio solitario, sin amigos que los visitasen, eran un matrimonio triste y ajado.

Él siempre tenía en su rostro una expresión de cansancio, de resignación, de amargura perenne, aunque a veces, muy pocas, en su ojos brillaba una chispa de rebeldía.

La mujer, en cambio, nada más verla acudía a tu mente la figura de algo duro, como una roca de granito, algo inamovible, imperturbable.

Parecía que, puertas afuera, sus vidas transcurrían con placidez, pero muy al contrario, de puertas a dentro sus vidas eran como un volcán en constante ebullición. Tenían un monotema de conversación y ese era la casa. Siempre acaban discutiendo por la casa, cuando rara vez eran capaces de dejar ese tema de lado, parecía que no tenían  de que conversar, no tenía casi nada en común.

-Dolores, esta casa cada día que pasa está peor, tiene más goteras, requiere más mantenimiento—le dijo el marido con voz suave y persuasiva, como quien habla con un niño.

Al oírlo ella se volvió rápidamente hacia él y con el rostro congestionado por la ira le gritó:

-Te he dicho una y mil veces que no quiero oírte hablar así, me tienes harta. Desde que vinieron aquellos contratistas, que no paras de decir lo vieja que está la casa, el dinero que se necesita para mantenerla, que si es fría, que si es caliente, bla, bla, bla. –Su mirada estaba llena de odio y en su voz vibraba el más profundo desprecio. –Eres un viejo inútil que no sirve para nada. No quiero oír hablar del tema ¿me oyes? ¡Ni una palabra más! ¿Entendido? Mira que decir que la casa está vieja. MI CASA no está vieja, es una casa espléndida ¿me oyes? ¡Espléndida!

Él salió de la habitación cabizbajo, estaba más que harto. Estaba obsesionada, siempre hablando de lo maravillosa que era aquella casa, que si su casa esto, que si su casa lo otro, esa actitud no era normal, como tampoco era normal lo que hacía, como subir todos los días al terrado a ver los desagües, como no querer flores en el terrado porque decía que al regarlas se humedecían las vigas, como cerrar y abrir la puerta de la calle varias veces para que fuera más suave. Tampoco era normal el fregar el suelo cinco veces cada día o las escaleras tres o cuatro, en fin que estaba loca, como su hermana.

Su pensamiento se fue volando hacia su cuñada, la pobre Herminia que desde los veinte años estaba ingresada en un psiquiátrico, sufría de depresiones profundas. A veces, cuando los médicos dictaminaban que su estado era estable, pasaba temporadas en casa.

Los primeros días que Herminia pasaba en casa eran días tranquilos, Dolores se ocupaba de ella y a él le dejaba tranquilo y parecía que en esas ocasiones se olvidaba un poco de la casa, pero esto no duraba mucho y al poco tiempo todo volvía a ser igual, con el agravante de que su cuñada unas veces estaba amable con él y otras ni le dirigía la palabra. No sabía nunca como tratarla.

En los últimos días no hablaron de la maldita casa, Herminia estaba pasando una temporada con ellos, así que decidió contarle a su cuñada el proyecto que tenía de vender la casa, en el fondo tenía la esperanza de que Herminia convenciera a su hermana de que era una buena idea.

 

Un mañana mientras Dolores quitaba el polvo de la habitación su hermana le dijo:

-Me ha dicho Juan que no quieres vender la casa pero, ¿por qué? No lo entiendo ¿Por qué te aferras a esta vieja casa que el día menos pensado se  te cae encima?

-¿Tú también? ¿Es que os habéis puesto de acuerdo? Parece mentira, lo último que podía esperar de mi hermana es que se ponga del lado de ese marrullero. Tú no sabes nada de  nada, sólo sabes lo que él te ha contado él sólo ve el dinero que le darán por esta casa, que según él, será mucho. Pues bueno, si es mucho será porque la casa lo vale ¿no? Es un egoísta sólo piensa en él y en el maldito dinero.

-Pero Dolores, la casa en verdad que está vieja, tiene goteras, es fría en invierno y calurosa en verano, no entiendo como le puedes tener tanto cariño. Os pagaran muy bien y con ese dinero podéis ir a vivir a una casa nueva en un lugar mejor.

-Un casa nueva, una casa nueva, ya hablas como el imbécil de Juan, ¿qué os pasa ahora que os lleváis tan bien?

-Juan es un buen hombre.

-¿Ah, si? Pues no siempre decías eso.

-Ya sabes que cuando me comporto de aquella manera no soy yo misma, es por culpa de mi enfermedad.

-¡Ah, qué bien sabes manejar tu enfermedad! ¿No te acuerdas de cuando decías que cualquier día le clavarías un cuchillo y que como estás loca nadie te podría echar la culpa?

-No seas cruel Dolores, no me recuerdes esas cosas.

Herminia se alejó llorando, no entendía a su hermana, parecía como si quisiera que tuviera otra crisis. Se encerró en su cuarto y se hizo el firme propósito de no salir mientras estuvieran las dos solas. ¿Por qué tenia que ser ella la que hubiese heredado la enfermedad de su madre y no su hermana? Aunque pensándolo bien, Dolores hacía cosas muy raras y tenía muchas manías. Sí, pero era ella y no su hermana la que estaba encerrada, ¡cómo la odiaba cuando se comportaba como esa tarde! ¡Qué dolor de cabeza le estaba entrando! Era como tener una locomotora a toda marcha dentro del cerebro.

Aquella noche, mientras cenaban, el ambiente estaba cargado de tensión. Había tanto silencio en el comedor, que cada vez que Dolores dejaba un plato en la mesa era un alivio oír el golpe que producía.

Juan volvió al ataque de nuevo:

-Dolores tienes que saber que he tomado una decisión, estoy dispuesto a vender la casa, es una buena oferta la que me hacen por el solar, porque la constructora no quiere la casa para nada, la derribarán para hacer pisos, por eso nos ofrecen tan buen precio.

Su mujer no dijo nada, se limitó a mirarlo fríamente y recogiendo los platos se fue a la cocina.

Herminia tú ¿qué opinas?

-Ya sabes Juan que eso es cosa vuestra.

-Te estoy pidiendo tu opinión que para mi es muy importante.

-Bueno, si quieres saber mi opinión, creo que harás muy bien en vender. Además cuando mi hermana lo vea como una cosa hecha se le pasará el disgusto y verá las cosas de otra manera.

Cuando Dolores volvió de la cocina traía una expresión rara, como de satisfecha por algo y eso no era normal en ella y mucho menos después de haberle dicho Juan que lo de vender la casa iba en serio.

-Nunca dejaré que vendas esta casa, ¿me oyes? ¡Nunca!

Su voz sonaba fría como el acero. Su marido intentó, una vez más, hacerla razonar.

-Hablemos tranquilamente. Nos van a dar mucho dinero, estos terrenos se han revalorizado mucho, con el dinero que nos den podríamos comprarnos una casita en el campo, que a ti siempre te ha gustado, o en la playa y aún nos quedarían unos buenos ahorros.

Dolores se levantó de la mesa como movida por un resorte, parecía a punto de estallar y de repente, como por arte de magia, su semblante cambio; se volvió a sentar y dijo con una calma calculada:

-Deja que lo piense. Esto no quiere decir que sí, que vayamos a vender, sólo te digo que deja que me lo piense. Puede que después de todo no sea tan mala idea. Mañana volveremos a hablar del tema. Voy a preparar el café.

Una vez en la cocina, sacó del bolsillo el frasquito de píldoras para dormir que había cogido de la habitación de su hermana, machacó casi todas las píldoras en el mortero y las vertió en el café recién hecho. Llevó el café a la mesa y volvió a la cocina a fregar los platos. Sabía perfectamente que los dos se beberían el café.

Los dos cuñados estaban atónitos por el cambio operado en Dolores.

-Ya te dije Juan, que mi hermana en cuanto lo viera como una cosa hecha, entraría en razón, ¿quieres una o dos cucharadas de azúcar?

-Tres, por favor, me gusta muy dulce. Por primera vez, en este tema, tu hermana ha sido razonable, es todo un cambio, ojala lo medite bien esta noche. Es la primera vez que tengo esperanzas. –Se bebió de un trago el café –bueno me voy a la cama.

-Buenas noches Juan, yo iré a ver si mi hermana necesita ayuda con los platos.

Se  dirigió a la cocina donde Dolores estaba terminado de fregar.

-¿Quieres que te ayude? Sabes, creo que es una buena idea lo del apartamento en la playa ¿verdad?

-No lo sé, no me atosigues, ya os he dicho que me lo pensaré ¿qué más queréis? No me agobiéis.

-bueno, tranquila, no te enfades. Si no me necesitas me voy a la cama que tengo mucho sueño.

En la casa reinaba un silencio extraño, amenazador, una tranquilidad sólo interrumpida por los pasos de Dolores que daba vueltas y vueltas alrededor de la mesa del comedor.

Su marido y su hermana hacía ya horas que se habían acostado y ella iba de una habitación a otra para comprobar su sueño. Gracias al narcótico no había razón para preocuparse, los dos dormían profundamente.

Su cabeza, al igual que sus pies, no paraba de dar vueltas a la idea que había concebido días atras y que esta noche por fin llevaba a la práctica.

Ella no se iba a quedar sin su casa, y para eso estaba dispuesta seguir con su plan.

Se fue a la cocina y cogió el cuchillo de trinchar y se dirigió a la habitación de su marido, al verlo allí tendido, todo el odio que sentía volvió a renacer con más fuerza que nunca y alzando el cuchillo descargó varios golpes con una furia increíble, los brazos subían y bajaban una y otra vez descargado toda su rabia. Golpeó furiosa y salvajemente hasta que el agotamiento la hizo parar.

Entonces con mucha calma se dirigió a la habitación de su hermana. Herminia estaba completamente relajada. Dolores se acercó a la cama y se limpió las manos en el camisón de su hermana y con mucho cuidad limpió el mango en las sabanas y colocó el cuchillo entre las manos de Herminia. Apagó la luz y se fue a su habitación. El resto de esa noche durmió como nunca había dormido.

Ya había pasado una semana de los hechos relatados.

El día era gris y llovía fuertemente desde hacía tres días. Las goteras derramaban el agua en un destilar continuo. Por todas partes había cacharros para contenerlas, pero Dolores era feliz. Su plan había salido a la perfección. El dictamen de la policía había sido tal y como ella esperaba, en una recaída de su enfermedad, Herminia, había asesinado a su cuñado. Había ayudado el hecho de que Herminia se creía culpable y no recordaba nada de nada. Se la habían llevado al hospital con una crisis aguda.

Dolores se sentía estupendamente, no le preocupaba nada en absoluto, ni siquiera las condenadas goteras, estaba alegre, casi rejuvenecida. Nadie la molestaría ya nunca más con esa tontería de vender la casa. Por fin se había librado de ellos.

Esa noche el hombre del tiempo había anunciado la alerta máxima pues se esperaban lluvias torrenciales, pero eso a ella tampoco le importaba porque tenía su casa para ella sola y eso era lo único importante para ella.

A altas horas de la madrugada se oyó un gran estruendo, los vecinos a pesar del fuerte aguacero, salieron a los balcones y a la calle. Lo que vieron sus horrorizados ojos fue que la vieja casa se había derrumbado a causa de las lluvias y que había sepultado a su vecina Dolores.

Ahora sí que era completamente feliz, la casa y ella eran una sola cosa.

 

 

 

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Una respuesta a La Obsesión

  1. Nofret ♥♥♥♥ dijo:

    Hola Mary, me alegro que te decidieras a poner un relato, qué malvada y cruel puede ser una persona cuando se obsesiona por algo y mira de que le serbio, me encanto, además tiene su reflexión, lo material no sirve para nada, me gusto mucho
    Bueno ya aprovecho para desearte unas felices fiestas. Besos y sigue escribiendo, sabes que eres mi escritora preferida

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