LA CASA

La Casa

Este relato lo escribí hace ya algunos años, once para ser exactos. Lo hice fascinada por la casa que había delante de la que yo vivía cuando era soltera. Era realmente una casa señorial que estaba abandonada y que atraía poderosamente mi atención. Creo que fue entonces cuando empezó a gustarme el tema de las casas, por eso son muchos los relatos que he hecho sobre ellas. Sobre ésta en particular siempre imaginaba historias y fantasías sobre de quien sería aquella casa y el porqué estaba abandonada, nunca supe nada, pero creo que, como dice la protagonista de mi cuento, era mejor así, pues así yo podía soñar con mil y una historias más.
                       

La primera vez que vi aquella pequeña ciudad no me gustó. Yo había vivido siempre en una gran ciudad, había nacido en lo que se llama el casco antiguo y acostumbraba a pasear por sus estrechas calles llenas de encanto, con pequeñas tiendas donde tenían su sede los anticuarios más afamados, por eso encontraba aquella ancha avenida fría y con demasiado tráfico para mi gusto, pero la casa donde iba a vivir sí que me gustaba, era bastante grande y las vistas traseras eran muy bonitas pues a lo lejos se veían las montañas, pero lo que más me gustaba era lo se veía desde la habitación delantera que sería mi estudio de pintura, daba a la gran avenida por la que el ruidoso fluir de los coches no paraba ni de día ni de noche, pero como es natural no era esto lo que me atraía, sino era que enfrente mismo de mi casa, en medio de dos grandes bloques altísimos, y como metida con un calzador se encontraba una antigua casa, que como si fuera una isla, estaba rodeada de un bello jardín que invitaba a la meditación y al sosiego, en una esquina del jardín había una hermosa pérgola o cenador, todo cubierto de enredaderas de color lila.

Al mirar aquella casa parecía que traspasabas el umbral de otros tiempos, venía a mi cabeza imágenes de esplendores pasados, donde las gentes Vivian sin las prisas de la era del progreso; mirarla daba paz y tranquilidad y tenías la sensación de que todo lo que pasase en esas cuatro paredes tendría que estar bien, yo creo que sólo por eso, por tener delante mía esa vista es por lo que había alquilado esa casa.

 

Una vez que os he explicado el porque alquilé aquella casa paso a contaros algo que nunca antes había relatado a nadie, es algo que me pasó hace algunos años y que hoy con el paso del tiempo no consigo descifrar.

Lo cuento aquí para ver si el hecho de narrarlo sirve de catalizador que diera sentido a lo que pasó.

Entiéndase bien, no me quejo de nada, al contrario, si pudiera vivir aquellos hechos me gustaría vivirlos exactamente igual a como los viví, sólo pretendo encontrar alguna explicación lógica a algo que quizás no la tenga. Aunque si lo pienso bien creo que mejor será que lo que pasó quedase sin respuesta, que siga siendo un misterio, así no perderá su encanto.

Una vez instalada en mi nuevo hogar, y tras recuperar mi vida normal después de lo que supone un traslado, note que cada vez pasaba más tiempo pegada a los cristales de la ventana para poder atisbar algún indicio de las personas que vivía en esa casa.

Tengo que deciros que soy pintora, sobre todo, mis lienzos son de flores, por eso no es extraño que me atrajera aquel bello y cuidado jardín. También llamaba mi atención que pese a que las ventanas de la casa estaban inmaculadamente limpias, no reflejaban nada de lo que ocurría en el interior.

Nunca se veía a nadie paseando por el jardín, ni sentado en el bonito cenador, y por las noches, me asomase a la hora que me asomase, nunca se veía una luz, por pequeña que fuera, que alumbrase la casa, y eso que las persianas permanecían siempre abiertas. Llegué a la conclusión que la casa estaba abandonada, pero claro si fuera así no estaría en tan perfecto estado.

Todo aquello me intrigaba hasta el punto, que como he dicho antes, pasaba mucho tiempo contemplándola. Ese interés me extrañaba a mi misma por que no soy de naturaleza curiosa.

Así fueron pasando los meses. Poco a poco fui acostumbrándome a mi nueva ciudad, a mis nuevos vecinos con los que discretamente procuraba indagar sobre la casa que tanto me intrigaba. Pero no conseguía enterarme de mucho porque mis vecinos tampoco sabían nada. Esto conseguía encender mi imaginación inventándome historias fantásticas sobre la casa y sus habitantes.

Un día llegué a preguntarle a la vecina que vivía en el piso de enfrente de mi casa, si me podía indicar quienes eran los dueños de aquella casa. Ella se me quedó mirando fijamente y me dijo:

-¿Por qué quieres saberlo?

-No sé, es que desde que vivo aquí no he visto a nadie en ella –le contesté un poco ruborizada.

-Mira hija, –y al decirme esto me señalaba con el dedo amenazadoramente– lo mejor será que te olvides de esa casa y que no andes husmeando por ahí, el que querer conocer las cosas ajenas no te traerá nada bueno.

Yo me sentí sumamente avergonzada y no supe decirle a aquella buena señora que no era simple chafardería, sino que realmente estaba interesada en conocer aquellos datos, que había algo dentro de mí que me impulsaba a saber qué pasaba con aquella casona tan bonita y arreglada y, sin embargo, tan desolada.

Pasé una temporada muy ajetreada con mis cuadros pues tenía que hacer una exposición e iba muy atrasada, así que no tuve tiempo para nada que no fuera mi trabajo.

Pero en cuanto terminé con la exposición lleve a cabo un proyecto que venía acariciando desde unos meses atrás, pintar un cuadro de la Mansión, como yo le llamaba para mis adentros.

La idea se me ocurrió un día en que no me encontraba bien, había cogido la gripe y tuve que permaneces en cama cerca de una semana, semana que me pasé haciendo esbozos de la casa, y ahora por fin, podía llevar a cabo mi deseo.

Aquel cuadro fue uno de los mejores que he pintado, al decir de mis críticos, pero a mi no terminaba de gustarme, lo encontraba vacío, frío, sin vida. No había plasmado en el lienzo todo lo que yo quería imprimir en él.

Por eso lo vendí enseguida, con gran disgusto de mi representante que se enfadó conmigo porque decía que había malvendido uno de mis mejores cuadros.

Pinté uno, dos, cuatro, no sé, un montón con el tema de la casa, desde todas las perspectivas posibles y con diferentes tonos de luces, pero nada, ninguno me llenaba, no quedaba satisfecha con ninguno.

Hasta que un día empecé a pintar otra vez la dichosa casa que parecía que se estaba convirtiendo en mí en una monomanía, y aunque empezaba a estar harta, no se que pasaba en mi interior que no podía dejar de pintarla.

Empecé a trabajar en un estado que podríamos llamarlo febril, no sé cuantas horas pasé pintando, cuando quise darme cuenta ya era de noche y sin luz no podía trabajar, además estaba sumamente cansada, tanto que no quise mirar el trabajo que estaba realizando, así que limpié los pinceles a toda prisa, me quité la bata y como no tenía ganas de cenar me eché en la cama tal y como estaba, debí dormirme inmediatamente porque cuando desperté a la mañana siguiente aún seguía encendida la lamparita de la mesita de noche.

Esa noche soñé ¡como no! Con la casa. Soñé que estaba en la puerta esperando y que de repente la puerta se abría y en el umbral aparecía una mujer de más o menos mi misma edad que con un gesto me invitaba a pasar. Una vez dentro me enseñó toda la casa, íbamos pasando de habitación en habitación, pero cosa curiosa no hablábamos, ella me enseñaba todo, las habitaciones, los muebles, los objetos de arte, pero si mediar palabra con un solo gesto de la mano. Yo me quedaba extasiada pues en verdad la casa y todo cuanto en ella había era muy bonito, los muebles era verdaderas joyas de anticuario, los cuadros eran magníficos, los que más abundaban era los retratos familiares.

En un momento dado, como pasa en todos los sueños, me vi sentada en el salón y a la señora sentada enfrente de mí mirándome fijamente como si quisiera decirme algo y no pudiera.

Cuando desperté recordaba el sueño perfectamente, como si hubiese ocurrido segundos antes. Durante todo el día tuve la sensación de que debía de hacer algo, de averiguar que se escondía detrás de aquella incógnita.

Recuerdo que ese día me encontraba particularmente cansada, y decidí tomarme un respiro, por ese motivo no entré en todo el día en el estudio, sabía que si entraba allí volvería a coger los pinceles y seguiría pintando la dichosa casa.

Salí a dar un paseo y estuve caminando varias horas. Cuando volvía a mi casa hice algo que nunca antes había hecho: me paré delante de la verja de la mansión y estuve mirando tras sus barrotes; el jardín estaba en todo su esplendor, los setos bien recortados, la mesa del jardín dispuesta con sus sillas alrededor como si alguien fuera a sentarse en cualquier momento. No sé cuanto rato estuve allí plantada, hasta que me di cuenta que desde uno de los balcones del bloques de al lado una mujer me miraba. Me puse roja de vergüenza pero hice acopio de valor y le comente lo bonito y bien cuidado que estaba el jardín.

-Es natural –me contestó– si siempre está el jardinero cuidándolo.

Aquella respuesta me dejó atónita, pero seguí preguntándole si conocía a los dueños.

-¿Para qué quiere saberlo? –Me preguntó.

-Por nada, simple curiosidad, llevo viviendo algún tiempo en la casa de enfrente y nuca he visto a nadie.

-Ni lo verá, yo llevo viviendo mucho tiempo aquí y aún no he visto a nadie, excepto al jardinero.

Y diciendo esto se retiró dentro de su casa cerrando el balcón de golpe.

Me quedé muy extrañada, yo nuca había visto a ese jardinero, y eso que desde mi casa tenía una buena vista del jardín, como ya he dicho antes. Me maldije a mi misma por haber sido tan estúpida de no haberle preguntado a la mujer a la hora en que venía el jardinero. Bueno tendría que ser más lista y averiguarlo por mi misma.

Al día siguiente, después de desayunar, me acerqué al estudio para ver el cuadro.

Me llevé un susto mayúsculo, pues en él había pintada asomada a la ventana la figura de una mujer vestida de blanco. Yo no recordaba haber pintado esa figura. Intenté tranquilizarme y traté de recordar paso por paso como había pintado el cuadro para ver si recordaba cuando la había pintado, pero por más esfuerzo que hice me fue imposible recordarlo. No quise darle más vueltas y pensé que me estaba volviendo muy desmemoriada.

Esta vez sí que me gustaba el cuadro porque había plasmado exactamente la esencia que quería darle, no como los otros que les faltaba algo, que no tenía vida, al contrario, éste tenía todo lo que a los anteriores les faltaba, y era esa vida que era transmitida por la figura que se asomaba a la ventana. No era que se viera claramente, no, no era eso, pues no era más que una sombra vestida de blanco, pero era una sombra llena de vida, una sombra que te hacía pensar que detrás de aquella ventana había vida. Decidí no desprenderme nunca de ese cuadro.

Como ya os he dicho antes, el tema principal de mis cuadros eran las flores, de vez en cuando pintaba algún paisaje o alguna marina, pero nunca había pintado ninguna figura humana, pero ese día sentí una necesidad inexplicable de pintar un retrato de mujer. Empecé por hacer algunos bocetos, bocetos sin modelo, bocetos de una cara femenina que salía de mi imaginación, pero no me satisfacían, así que cogí un lienzo nuevo y mis pinceles y empecé a pintar sobre él el rostro que tenía en mi mente. Tardé una semana en terminar el retrato. Teniendo en cuenta que para ser la primera vez que pintaba un retrato quedé satisfecha con mi trabajo. El colorido era excelente y la figura desprendía vitalidad y realismo, la mujer tenía una mirada triste pero a la vez agradable. Al rato de estar contemplándolo me di cuenta de que había pintado a la mujer que aparecía en mi sueño.

Tampoco me desprendí nunca de ese cuadro y hasta hoy los tengo colgados en mi salón. Todos cuantos los ven dicen que tienen algo especial.

Cada mañana me levantaba más temprano para ver si veía al jardinero, pero pasaban los meses y no lo conseguía. Un día llegué a levantarme a las cinco de la mañana para ver si lo pillaba, y me pasé prácticamente todo el día pegada a la ventana, pero ni por esas lo pude ver.

Ya estaba a punto de darme por vencida cuando lo vi. Estaba recortando un seto, era un hombre de edad avanzada que iba vestido con un mono de trabajo y que llevaba en la cabeza un viejo gorro de pescador, de esos de hule de color amarillo. Su figura me cayó simpática desde el primer momento, supongo que debido a aquel gorro.

Una vez que sabía que su existencia era real, me quedaba por saber si sería capaz de abordarle. Muchas veces en mi imaginación había sostenido conversaciones con él, pero ahora esto era la realidad quería hablar con él pero no sabía como hacerlo. Hice acopio de todo mi valor y crucé rápidamente la calle, me asomé a la verja y le grité:

-Eh, señor, por favor.

El anciano acudió a mi llamada y me preguntó amablemente.

-¿Qué desea señorita?

Yo me quedé unos momentos sin saber que decir, hasta que por fin pude articular

-Es que verá… yo vivo ahí enfrente y desde mi ventana veo su hermoso jardín y…

Dejé la frase en el aíre sin saber qué más decir.

-¿Le gustaría pasar a verlo?

No podía creer en mi suerte, así que le respondí inmediatamente que nada me gustaría más.

El buen hombre abriéndome la puerta se hizo a un lado para dejarme pasar. Realmente el jardín era muy hermoso, él me iba enseñando las flores y yo le preguntaba el nombre de las que no conocía. Así poco a poco, nos fuimos acercando al porche de la casa y entonces aproveché para decirle:

Perdone me curiosidad, ¿vive alguien aquí? Se lo digo porque nunca he visto a nadie paseando por el jardín.

-La casa está cerrada, señorita –me respondió– ahora ya no vive nadie pero los propietarios quieren que esté todo en orden.

-¿Y no vienen nunca? ¿Ni siquiera por vacaciones?

-No, ya hace veinte años que trabajo aquí y no ha venido nadie desde entonces, la casa se cerró antes de que yo viniera.

-¡Qué raro! Resulta curioso que mantengan una casa si nadie piensa vivir en ella.

-No crea que sea tan raro, piense que si alguna vez deciden venderla les será más fácil si está bien conservada.

-Es verdad, no había caído en ese detalle.

Viendo que ya no podía alargar más la conversación me despedí del jardinero. Él muy amablemente me cortó unas rosas y me las entregó con un gesto galante al mismo tiempo que me decía que podía venir a pasear por el jardín siempre que quisiera.

-¡Muchas gracias! Pero no sea tan amable que si no le cogeré la palabra y vendré a darle la lata.

-Será un placer señorita, no tengo muchas visitas y será un verdadero placer verla a usted. –Me dijo quitándose el gracioso sombrero.

Con el paso de los días nos fuimos haciendo amigos y cada vez con más frecuencia visitaba el jardín y me pasaba allí mucho tiempo haciendo dibujos de las flores.

Muchas de nuestras conversaciones giraban en torno a los habitantes de aquella casa. Juan, que así se llamaba el jardinero, sabía muy poco de los propietarios, cuando lo contrataron fue a través de un abogado que era el que se encargaba de todo cuando había algún problema, y a través de él se habían enterado de uno pocos datos de la familia.

Era una antigua familia que se había enriquecido a principios del siglo pasado con el negocio de las telas, empezaron muy modestamente y con mucho trabajo y esfuerzo habían llegado a acumular una fortuna más que considerable, de la que los herederos podían disfrutar hoy en día.

En una de esas visitas, Juan me preguntó si quería ver el interior de la casa. Yo me quedé de piedra.

-¿El interior? ¿Pero, es que puede usted entrar?

-¡Pues claro que puedo entrar! ¿Quién si no se cuidaría de que todo estuviera en orden? ¿Y de que no entren los ladrones? –Me contestó con dejo de orgullo.

-¿Pero es qué vive usted ahí? –Le reunté atónita.

-¡Anda, ¿ahora se entera? Creí que eso ya lo sabía usted. No vivo en la casa grande, si a eso se refiere, vivo en la parte de atrás ¿quiere verlo?

Dimos la vuelta a la casa y atravesamos un pequeño huerto y entramos en lo que supongo que antiguamente sería el cuarto de los aperos de labranza o de las herramientas. Era una pequeña casita a la que habían convertido en un lugar confortable donde poder vivir un chofer o un matrimonio de sirvientes. Estaba bien arreglada y se notaba la mano de Juan pues en varios sitios había jarrones con espléndidos ramos de flores.

Luego me invitó a entrar donde a mí realmente me interesaba. Yo estaba como soñando, ¡por fin iba a ver el interior de la casa! La casa que tanto me obsesionaba.

Juan me explicaba que una vez al mes venían dos señoras a limpiar para mantener decente todo aquello y que una vez al año venía una brigada de limpieza, y que todos los muebles y lámparas se mantenían con sus fundas, por eso se conservaba todo tan bien.

La enorme cocina tenía una chimenea enorme en un lado, en la que se podía asar un cordero entero. Había en una alacena unas enormes ollas que te hacían evocar fiestas espléndidas con muchos invitados.

Cuando pasamos al salón, si no llega a ser porque el buen hombre me sostuvo, me hubiese caído al suelo redonda. Era todo tal y como lo había soñado, hasta el más mínimo detalle estaba en la misma disposición. El jardinero viéndome tan impresionada me preguntó que era lo que me pasaba, pero yo no podía hablar, cuando por fin pude recuperarme un poco, le pedí que fuéramos arriba a gran pasillo donde estaban los retratos familiares, ahora fue al pobre hombre al que casi le da un síncope.

-¿¡Cómo sabe que arriba están los cuadros!?

-Luego se lo explicaré, pero por favor vayamos a verlos.

Al llegar arriba, vi lo que con seguridad sabía que iba a encontrar, el retrato de la mujer que yo había pintado. Iba vestida de blanco, yo sólo había pintado el busto y este era un retrato de cuerpo entero, pero la cara era la misma.

Le expliqué al jardinero mi sueño y le pedí que saliéramos de allí pues me temía que si seguía un minuto más, esta vez sí que acabaría desmayándome.

Y eso fue todo.

Pero no acaba aquí mi historia. Ahora viene algo que aún no tengo explicación para ello pero que cambió mi vida por completo.

Al cabo de unos meses de los sucesos que os acabo de relatar, recibí una carta de una firma de abogados requiriéndome que me presentase en su sede llevando toda una serie de documentos, pero sin darme más explicaciones. Cuando me presente en su despacho, más intrigada que preocupada, me preguntó si había traído los documentos que me pedía, al ser mi contestación afirmativa dijo que enseguida me explicaría el porqué me había citado.

Antes de darme ninguna explicación revisó completamente los documentos y me dijo que estaban conformes, yo a estas alturas ya estaba más que nerviosa, entonces el abogado me dijo que la noticia que tenía que darme era una buena noticia pero que seguramente me iba a impactar bastante.

Total, me dijo que yo era la heredera de una parte de los bienes de la familia… (el nombre no viene aquí al caso) y que entre otras cosas, entre ellas una buena cantidad de dinero, habían también una casa situada en la calle… en el número…

A estas alturas ya os imaginaréis cuál era la casa y como me sentí.

Han pasado varios años y estoy escribiendo esto sentada en el salón de MI casa y cuando levanto la vista puedo ver los dos cuadros que pinté impulsada por una urgente necesidad que no entendía y sigo sin entender.

Ahora vosotros podéis hacer cábalas y pensar que era la hija ilegitima de algún miembro de la familia. Que algún otro miembro se había enamorado de mi y estaba casado y el dejarme la casa era una manera de manifestarme su amor, en fin, podéis pensar lo que queráis, pero yo os diré que nunca lo he podido averiguar y sigo sin saber como fue que todo aquello vino a ser mío, y como os decía al principio casi prefiero que sea así, pienso que le da un cierto encanto misterioso.

 

 

 

 

 

 

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4 respuestas a LA CASA

  1. Otoño dijo:

    Hola, estupendo relato, y te entiendo, a mi tambien me ha pasado, cuando veo esas casas antiguas y señoriales, mi imaginación se dispara. Un cordial saludo. 

  2. Cati dijo:

    Hola Mary,
     
    Que tal el dia festivo? Yo por aquí de playita y mañana empiezo vacaciones, así que estupendamente.
     
    Saludos y hasta pronto 🙂
    Cati 

  3. NO HAY ESPACIO dijo:

    HOLA  AMIGA BELLA ESPERO ESTES EMPESANDO BIEN LA SEMANA, TE DEJO MUCHOS BESITOS Y ESPERO ESTES BIEN HASTA PRONTO..

  4. Nofret ♥♥♥♥ dijo:

    Hola Mary, que intrigante esta historia, me gustan muchos las casas  antiguas sobre todo esas que son enormes y tienen una impresionante biblioteca, bellísimos jardines, encierran mucho misterio,  como la de tu historia, me gusto mucho. Felicidades 

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