LA VENTA DEL TÍO PEPE

 

 

 

Me habían hablado de la “Venta del Tío Pepe”, también me habían hablado de lo buenos que eran sus embutidos caseros, el tierno pan recién hecho, de lo fresco de sus productos de la huerta recién recolectados, pero sobre todo me habían hablado de la suciedad que se extendía por doquier como un manto.

Los comentarios sobre la mugre que adornaban el local eran siempre jocosos y divertidos.

Cuando por fin me llevaron a la venta para que viese una cosa “típica”, no salía de mi asombro, pues todo lo que había imaginado con sus comentarios se quedó corto, la realidad superó todas mis expectativas.

La venta está situada en una carretera no muy estrecha y asfaltada, asfaltada ahora, porque no hace mucho debió de ser un camino de carro. A su alrededor no hay apenas casas, el paisaje es llano y abierto, enfrente de la venta se alza, como un tributo a la modernidad, una gran gasolinera.

La venta del tío Pepe no tiene rótulo, ni ningún indicativo de que allí se venda nada. La casa es propia de la comarca, de una sola planta, con el techo de tejas rojas. Lo que más llama la atención es el porche. Un porche con dos columnas que a duras penas logran sostener un techo que parece a punto de derrumbarse.

En el frontal de la casa y a los dos lados de la puerta hay dos asientos de piedra cubiertos de rotas y descoloridas baldosas. Una mesa de comedor, de esas que estaban de moda a principios de los años 50, forrada con  un raído mantel de plástico, en la que a su alrededor se sientan los asiduos del local.

El día que me llevaron a la famosa venta era festivo, motivo por el cual los parroquianos deban cuenta de suculentos desayunos. La mesa estaba cubierta por un sin fin de platos a cual más apetitoso: ajos tiernos con huevo revueltos, chorizos y morcillas fritos, montones enormes de habas y guisantes crudos, longanizas con pimientos fritos… Todo aquel maremagnum de delicias despedía un aroma capaz de levantar a un muerto, y si aquel olor no lo conseguía, a buen seguro que lo lograría un traguito de aquel vino (también hecho por ellos) de color granate oscuro y brillante como una joya.

A pesar de la advertencia que me habían hecho de que allí no fregaban los vasos con jabón, ni los pocos platos en los que servían las comidas, sino sólo con agua, el estómago empezó a martirizarme aguijoneado por aquellos apetitosos aromas.

Cuando penetré en la penumbra interior, parecía que el reloj de la vida hubiera detenido su marcha hacía cien años, el único signo de modernidad era una balanza electrónica, de esas que pesan y calculan el importe. Lo demás conservaba el encanto de aquellas tiendas de ultramarinos donde podía encontrar uno de todo.

Del techo, colgados de una barra, pendían largas ristras de longanizas y chistorras.

Había también unas grandes vitrinas, algunas sin cristales y otras con los cristales sucios por las miles de moscas, que con el paso del tiempo habían dejado su huella. En los anaqueles se mezclaban toda clase de botellas con las latas de tomate o los potes de leche condesada, todo ello igualado por la cantidad de polvo que los cubría.

Si alguien hubiese hablado allí de “fecha de caducidad” lo habrían mirado como debieron de mirar los indios a Colón cuando desembarcó con sus naves.

¿Y qué podría decirse de los dueños? Os diré que eran las personas más estupendas que he visto nunca detrás de un mostrador, eran sencillos, amables, confiados, te preguntaban ¿qué quieres comer? ¿Habas? Pues coge las que quieras, ¿morcillas? Córtate unas cuantas y ya me dirás luego lo que te has comido, y así, sin más te daban un papel de estraza, que hacía las veces de plato y luego servía para sacar la cuenta, y tú mismo…

Yo veía todo esto con una mezcla de extrañeza, estupor, y sí, con cierto reparo, pero… ¡Ah, señores! En cuanto volvieron a sacar de las entrañas de la cocina, a la que si querías podías entrar, las morcillas fritas, los chorizos y el pan humeante, caí en la tentación y olvidándome de todo exclamé: ¿Me da una morcilla de esas y un vasito de vino, por favor? 

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