LAS NOTAS DE UN VIOLÍN

Siempre que oigo el sonido de un violín no puedo evitar un escalofrío.

Es normal, ese sonido estuvo a punto de acabar con mi vida.

Se habían cometido tres crímenes que tenían como nexo de unión las notas de un violín.

La primera vez que entraron  en la casa en la que se había cometido el crimen, la policía escuchó la Sonata para violín número 5 de Beethoven que sonaba desde el equipo de música que estaba encendido. Al principio esto no llamó su atención, pero cuando al cabo de un mes se repitió lo mismo en la escena de un nuevo crimen, ya no les cupo ninguna duda, era la misma mano la que había ejecutado aquellos crímenes, y si les quedaba algún atisbo de duda se les disipó al descubrir el tercer asesinato.

Además siempre era el mismo fragmento que se repetía una y otra vez, la policía científica estudió bien esta Sonata número 5. Era una pieza extraordinaria, comos todas las de Beethoven, que tenía mucha tensión que iba en cressendo. El tema comenzaba con una llamada de atención de cuatro notas con una pausa en la nota final que se repetía con un intervalo más bajo, esta parte a mi siempre me evocaba al destino llamando a la puerta de alguien. Después un fortísimo toque de trompeta paraliza el ritmo, pero eso le da una pausa drástica al intervalo entre las notas. Es una Sonata, en mi opinión, brutal, desgarradora toda ella, pero en particular ese principio es el más desgarrador, y  esa, precisamente esa, era la parte que se oía siempre en la escena del crimen.

Todo esto de la Sonata era de dominio público pues los periódicos, como es natural siempre que ocurre un suceso tan extraño, habían dado la noticia con mucha profusión de detalles y todo el mundo seguía esos crímenes con mucha atención.

Yo conocía esa Sonata desde niño, a mi padre le encantaba y raro era el día en que en casa no sonaba, pero, era digno de estudio que a pesar de tenerla tan oída nunca llegué a aborrecerla, al contrario cada vez me gustaba más, cada vez me hacía sentir nuevas sensaciones. No todas agradables, claro, pues siempre iban asociadas en mi niñez a las palizas que mi padre nos daba tanto a mi madre como a mí, pues mi padre subía siempre el volumen del tocadiscos para que los vecinos no oyeran nuestros gritos. Por eso resultaba tan extraño que no la hubiera odiado, y que a pesar de traerme tan malos recuerdos me gustara oírla cada vez más.

Como os podéis imaginar cuando me enteré de que en la escena del primer crimen se oía la Sonata número 5 me quede de una pieza, pero si os digo que no me extrañó que una música tan maravillosa se asociase a un acto tan salvaje y cruel, no penséis que soy inhumano, es que entender, que para mi era normal por lo que os he relatado antes.

Me tragaba todo lo que traían los periódicos sobre los crímenes, se puede decir que los estudiaba, esos crímenes se habían convertido para mí en una obsesión, no paraba de repasarlos, de hacer conjeturas, de en fin, empaparme de todos los detalles, llegué hasta tal punto en mi obsesión, que iba recorriendo los lugares en que se habían cometido los crímenes; una vez hasta subí a una de las casas, donde se habían encontrado a una de las chicas asesinada haciéndome pasar por un reportero, quería saberlo y verlo todo.

Llegué a estar tan al corriente y tan obsesionado con los crímenes, crímenes que siempre se habían cometido por la noche, que todas las noches salía a recorrer las calles sin ni siquiera entender lo que me impulsaba a ello, pero era como si buscase algo, no sé el qué, pero era un impulso superior a mi el que me obligaba a recorrer calles y callejones mirando hacia los pisos en los que la luz estaba encendida, esperando encontrar no se qué. Y así noche tras noche. Esto para mí, no penséis que era agradable, no, nada de eso, me hacía sentir fatal, era un calvario que no podía remediar.

Hasta que un día la policía me encontró desmayado y con las ropas manchadas de sangre en la portería de una casa en la que se había cometido de nuevo, uno de aquellos atroces crímenes.

Me interrogaron horas y horas, y no siempre en tono amable, pero yo no me acordaba de nada, ellos, por supuesto, no me creían y pensaba que fingía amnesia, pero las pruebas en contra mía eran tan grandes que no les cabía ninguna duda, ya tenían al asesino de la sinfonía, como lo llamaban los periódicos.

Al final después de ver en el juicio todas las pruebas que la policía había encontrado que me culpaban, yo tampoco tuve dudas: yo era el asesino.

Seguía sin poder recordar como lo había hecho, pero no podía ser de otra manera. Era yo quien había cometido aquellas atrocidades.

Salió a relucir todo, mi niñez, los malos tratos infligidos por mi padre, el sufrimiento de mi madre, como al final mi pobre madre había muerto como resultado de una de aquellas terribles palizas, la música… en fin, todo, todo aquel horror vivido en el pasado y que me había dejado marcado para siempre.

Eso sirvió para amortiguar mi condena, pero a mi me era igual, yo no podía seguir viviendo con aquel peso, así que intenté suicidarme varias veces, pero siempre había alguien que me lo impedía, hasta que decidieron ponerme en una celda con vigilancia.

Así pasaron siete años, siete horribles años que nunca olvidaré.

Hasta que un día, bendito día, un hombre que se estaba muriendo en un hospital confesó.

Confesó con todo lujo de detalles, detalles que durante mi juicio no habían quedado muy claros, detalles que sólo el asesino podía saber.

Pasaré muy rápidamente por todos aquellos días en los que me fue devuelta mi libertad, sólo diré que mi inocencia fue resaltada sin género de duda y fui reintegrado de nuevo en la sociedad.

Pero, ¿sabéis que fue lo más horrible de todo aquel sufrimiento? ¿Lo peor de todo?

Pues lo peor, al menos para mi, fue saber que aquel hombre que se moría en el hospital era mi padre, mi padre al que había dejado de ver cuando mi madre  murió. Mi padre que ahora pedía mi perdón y me rogaba que fuera a verle.

Mi padre que antaño ya daba muestras de su sadismo y que con el devenir de los años se había convertido en un monstruo.

¿Qué debía de hacer yo? ¿Ir a verle? ¿Perdonarle? ¿Olvidarme de la persona que me había dado el ser? ¿Dejar que me padre se muriese solo y lleno de remordimientos? ¿Acudir al lado de alguien que se llamaba a mi padre y que nunca había hecho por mi nada que no fuera maltratarme y odiarme?

Hoy en día aún me debato con las dudas, pero creo que el destino fue muy benévolo con él pues le libró del justo castigo que por ley merecía. Murió antes de que yo decidiera que es lo que debía de hacer, librándome por fin de aquel terrible ser que era mi padre.

Hay una cosa que sí que me da tranquilidad cuando pienso en todo lo que sufrí y en todo lo que hizo sufrir a mi madre y a las victimas inocentes de su crueldad, y es que se libró de la justicia humana, pero estoy seguro de que no pudo librarse de la justicia Divina.

 

 

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2 respuestas a LAS NOTAS DE UN VIOLÍN

  1. Ricardo L. dijo:

    Hola Mary, muy bueno tu relato, me gusto mucho. Me mantuvo a la espectativa hasta el final.
    Una aclaración, estoy casi seguro que la melodía a la que te refieres es la Quinta Sinfonia en Do, Op. 67 y no la Sonata para Violín No.5, Op. 24 que es en Fa y se conoce como Primavera.
    Es claro esto por la descripción que haces de las primeras cuatro notas y que son el nucleo central y practicamente único de toda la sinfonia ya que toda ella gira en torno a estas notas. Tambien lo digo, porque muchos han coincidido en mencionar que estas 4 notas son como el destino que toca a la puerta de alguien.
    En fin, muchas gracias por tu relato!!
    Saludos.

  2. Nofret ♥♥♥♥ dijo:

    Buenas noches Mary, extraordinario este relato, me encanto (Las notas de un violín) como tu sabes, me fascina todo lo que tenga que ver con la intriga, misterio y suspense y este loas bordado ,que más te puedo decir chiquilla, ahora cada vez que entro en tu espacio pienso ,con que relato me sorprenderá Mary. Besos, hasta el próximo relato

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