El viaje a Murano

 

Murano, siempre que evoque ese nombre irá asociado al miedo y a los nervios.

No es que no me gustase esa pequeña islita de Venecia, no, muy al contrario, me encantó lo poco que pude ver de ella. No tuve tiempo de ver sus más sobresalientes edificios, tampoco pude ver más que dos de sus puentes y tampoco tuve mucho tiempo de fisgar en sus tiendas, tiendas donde se exponen las maravillas hechas por las hábiles manos de sus artesanos del cristal. Recuerdo que quedé tan extasiada al ver las preciosidades que en ellas se exhibía que poco a poco el susto que llevaba se fue olvidando en un rincón de mi mente.

Pero será difícil que olvide como llegamos a Murano. Teníamos previsto visitar la isla, pero pensábamos hacerlo sin que fuesemos víctimas de la sagacidad de sus avispados guías. A nosotros nadie nos obligaría a comprar en las tiendas en las que esos manipuladores guías tienen sus comisiones. Nuestros amigos y yo estábamos sobre aviso, y éramos más listos que ellos, para eso somos españoles, la raza que más sabe de eso de la picaresca, casi se puede decir que la inventamos nosotros. Nosotros iríamos en Vapporetto, que es una especie de autobús marítimo, y así podríamos transitar por donde nos diera la gana.

Bueno, pues nada de eso, por más avisados que estuviéramos, caímos cual inocentes pardillos que cuelgan maduros de las ramas.

No sé de dónde salio tanto guía, uno después de otro, y otro después de uno, despuntó sobre ellos uno que sin que nos diéramos cuenta nos metió en un lujoso “taxi”, una lancha supermoderna de madera noble y tapizada sus bancos de blancos y mullidos cojines. Sin beberlo ni comerlo, nos vimos sentados allí, ayudados por los amables guías, que galantemente cual gentiles gondoleros, nos daban la mano y nos izaban a bordo.

Una vez dentro del yate en miniatura, empezamos a darnos cuenta de donde nos habíamos metido, entonces nuestras calenturientas mentes empezaron a cavilar terroríficos planes de secuestro, a preguntarse dónde nos llevaban y qué iban a hacer con nosotros, y ya en nuestras desbordadas imaginaciones nos veíamos abandonados en cualquier cuchitril sin medio ninguno para volver. El sumum de nuestra imaginación fue cuando vimos al piloto poner la mano en un estuche negro que llevaba en la cintura, llegamos a pensar que iba a desenfundar una pistola y a apuntarnos con ella, no sé muy bien para qué, si para que le prometiéramos que compraríamos todo lo que él quisiera o para que le diéramos todas nuestras pertenencias so pena de arrojarnos al frío canal. Como luego pudimos comprobar, el arma era un walkie-talkie pero ni aún así nos quedamos tranquilos, pues nuestro susto fue en aumento cuando el piloto (creo yo con la experiencia que da la distancia, que divertido al entender perfectamente nuestro susto español, quiso reírse aún más a costa nuestra) apretó la palanca del motor y la lancha salio disparada a una velocidad suicida hacia un pequeño embarcadero, lejos de todo. Allí nos esperaba otro sempiternos guía, esta vez no tan amable, que nos condujo hasta el fondo de un oscuro pasillo, y aún nos tranquilizamos menos cuando nos vimos metidos dentro de una fábrica en la que hacía un calor sofocante, nos hicieron sentar en unas incómodas gradas, y nos vimos obligados a escuchar una perorata, en rápido italiano, sobre el bello arte del soplado del vidrio. ¡Con lo que  a mí me gustan todas estas cosas y con los nervios que llevaba no me enteré de nada!

Seguimos sin tranquilizarnos cuando nos llevaron a una maravillosa y grandísima tienda con bellos objetos de cristal, de la que ya nos veíamos obligados, si queríamos salir de allí, a comprar la tienda entera.

Nos desentendimos como bien pudimos alegando que el travieso bambino que llevábamos podría romper algo, e intentamos encontrar la salida por nuestros propios medios. Dimos unas cuantas vueltas por aquellos viejos corredores, que a mi me recordaban los de Alcatraz, hasta que por fin vimos el canal y varias tiendas.

Empezamos a relajarnos y respirar tranquilos cuando a pocos metros de nosotros vimos la parada del Vapporetto, vapporetto que si no hubiésemos sigo tan ingenuos hubiésemos tenido que coger y hubiésemos podido así disfrutar más de esa preciosa isla llamada Murano.

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2 respuestas a El viaje a Murano

  1. Mari dijo:

    Si Nofret, yo también me río ahora que ya han pasado algunos años, pero en aquel momento… Tienes toda la razón eso me pasa por ser tan peliculera y leer tanto a los GRANDES jajajajaja.
    Besitos

  2. Nofret ♥♥♥♥ dijo:

    Buenas noches Mary, estoy leyendo tu aventura en la isla de Murano  y  siento decirte  que aunque tú lo pasaste muy mal allí, yo estoy  riéndome  con lo que has escrito, lo siento pero me ha hecho mucha gracia, valla aventura corrieron ustedes, eso te pasa por leer tantas novelas de Agatha tu ya veías a los secuestradores  jijiji  perdona pero la forma en que lo cuentas es muy graciosa. Bueno hasta la próxima.Mil besos

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