Gatito entre libros

Mi último trabajo en pintura digital

Mis escritos para e-Reader

Como es dificultoso leer en el ordenador, y hoy en día ya hay esa maravilla que es el e-Reader, he decidido pasar mis escritos a MOVI y así que os sea más fácil leerlos.
Los he puesto también en Word y están comprimidos en Zip. Para descomprimirlos no hay que poner ninguna contraseña.
Aquí os dejo algunos de ellos:
Angustia

El Baile

El Cofre

El hombre del anden

El Hallazgo

Dos Pájaros

En mi Blog de pintura os he puesto una nueva lámina imprimible para que, si os gusta, os la bajéis pinchando en la imagen.

Kit de scrap gratis

En mi Bolg de scrap, El Rincón de Mary puedes descarte completamente gratis un kit de scrapbooking, para que lo uses en tus trabajos de navidad

La caja

 

Estaba arrodillada sobre mi impermeable amarillo de charol haciendo agujeros en la tierra para plantar patatas, que son esos tubérculos redondos que tienen tantas posibilidades en la cocina, y que tanto nos gustan en casa, cuando al meter la paleta para seguir ahondando topé con algo duro. Seguí picando para hacer el agujero más grande  y poder rescatar de la tierra húmeda lo que aquello fuera, que resultó ser una caja de hojalata de proporciones bastante grandes, en cuya tapadera aún se podían ver unas ciruelas dibujadas. Parecía llevar enterrada mucho tiempo, pues en muchos lugares el orín había hecho sus estragos.

La desenterré con mucho esfuerzo y cuidado y le quité toda la tierra que había quedado adherida. Me limpié las manos en mis viejos tejanos, y me la llevé a la cocina. Después de varios intentos conseguí abrirla.

Como soy una soñadora incorregible os diré que este encuentro me había emocionado aún antes de saber lo que contendría la caja, y estaba bastante expectante sobre lo que allí habría. Me sentía además como si estuviera profanando una pequeña tumba.

Lo primero que llamó mi atención era que la caja contenía bastantes cosas. Una receta para hacer el pavo relleno de piña, para treinta comensales, En este pequeño detalle ya se podía ver la antigüedad de la caja, pues hoy en día en pocos hogares se cocina para tantos. Había otra receta más para conservar las verduras, y otra para hacer licor de manzana. Había también unos cuantos botones que parecían ser de plata, una vieja fotografía de un barco de vapor, unas antiguas gafas de concha, unos gemelos de teatro de nácar, una libretita pequeña de tapas de hule de color negro en la que aún se podían ver algunas anotaciones de lo que parecían ser cuentas domésticas. También saqué un pequeño bolso de raso bordado de pedrería, que para mi desilusión además de estar vacío, estaba roto en algunas partes. También había un paquete con cuatro cartas, que me apresuré a leer, pensando en que eran cartas de amor, pero pronto me desilusioné, pues eran cartas comerciales en las que se cruzaban un pedido de tela para un vestido y el correspondiente pago.

Pero además de las cartas, lo siguiente que llamó mi atención fue un paquetito de papel de seda que aún conservaba su color azul. Lo desenvolví con mucho cuidado, dentro había una corbata de lazo de color verde, bastante deteriorada y un sujetador de fina batista, que por su gran tamaño debió de pertenecer a una dama muy bien dotada. ¿Por qué habrían puesto juntas estas dos prendas tan dispares?

Cómo podéis imaginar aquello desató mi fértil imaginación.

No se si os he dicho que vivo en el campo, aunque me figuro que lo habréis adivinado por aquello de plantar las patatas. Vivo con mi padre en una finca que heredé de mis abuelos maternos. Me encanta esta vieja casona apartada de todo y de todos, pues puedo dedicarme a lo que más me gusta que es la lectura y la escritura, escribo pequeños cuentos para niños que se publican en revistas especializadas en literatura infantil, y la soledad que se respira en esta casa me sirve perfectamente para mi trabajo.

Cuando por la noche llegó mi padre del trabajo me faltó tiempo para enseñarle mis tesoros y contarle todo lo que pensaba sobre ellos.

-¡Vaya sujetador! ¡Qué tamaño! ¡Qué lastima que ahora se vean pocas señoras con semejante dotación!

-Sí, eso, tú solo fíjate en el tamaño, ¿por qué no te fijas en lo raro que es que hayan guardado una cosa así?

-Es que la que tiene la capacidad de inventarse historias eres tú, yo sólo me limito a lo que veo.

-Claro, y por eso sólo ves el tamaño ¿no? –contesté con una carcajada.

Pasó algún  tiempo y no pude dedicarme a mi tesoro, como yo lo llamaba imitando a Gollum del Señor de los Anillos pero en cuanto tuve la oportunidad estuve investigando en la vieja historia familiar para averiguar de quién serían aquellas cosas.

Pero parecía que daba con un muro de piedra pues no conseguía dilucidar nada.

Entre otras cosas mi imaginación fabricaba historias de amor e infidelidades, o por el contrario historias de amores imposibles, pero claro esto no era tan normal porque si había sido un amor imposible no habrían estado juntas esas prendas tan dispares, también inventaba historias con un fantasma dentro, en fin, que mis ensoñaciones eran de todas las clases y colores.

Me sentía frustrada al no poder averiguar nada del porqué de esas dos prendas, hasta que un día en el desván encontré entre muchos libros viejos que había en una caja un pequeño cuaderno con las puntas rotas y carcomidas por los ratones, el hallazgo me sumió en una profunda alegría.

Corriendo bajé al salón y me senté en mi sillón favorito dispuesta a devorar el diario  con la ilusión de ver si encontraba la solución a mi pequeño misterio y ¡vaya si la encontré! El diario era de mi tía abuela de cuando tenía 16 años y entre otras cosas explicaba que suspiraba de amores por un marino mercante, era una amor precioso que se desarrollaba sólo por carta, pues él casi todo el año iba embarcado y esto a ellos parecía que le hacía una ilusión enorme pues le daba un aire romántico y de sufrimiento que les encantaba.

Seguí pasando las páginas hasta que por fin encontré lo que tanto había buscado ¡y qué desilusión más grande me lleve! Resulta que me tía abuela en una función que había hecho para las navidades se había tenido que disfrazar de caballero y como estaba tan bien dotada, como ya ha quedado claro, pues se había quitado el sujetador y se había enrollado una tira larga de sábana alrededor del pecho para comprimirlo y así poderlo disimular.

Lo que ya no me quedó nada claro es por qué lo había guardado junto con la corbata en el papel de seda y lo había puesto dentro de la caja.

Pero bueno mejor que sea así pues puedo seguir dejando volar mi imaginación con historias menos prosaicas y más fantasiosas.

El hombre del anden

El hombre pasea arriba y abajo del andén con las manos en los bolsillos, su paso es enérgico, de vez en cuando se para, mira hacia arriba, sacude la cabeza y retoma su febril paseo.

Quiere dejarla, bueno de eso no está seguro, cree que debe dejarla, pero en realidad lo que de verdad quiere es que ella no se hubiera cruzado nunca en su camino. Pero tiene miedo, un miedo atroz a quedarse solo, miedo a terminar haciendo lo que sabe que no tiene que hacer.

Piensa en que si pudiera contarle a algún amigo sus dudas quizás podrían ayudarle, pero ¿cuántos amigos ha tenido en su vida? Amigos de verdad, no de esos que van y vienen sino de los de siempre, de esos en los que puedes confiar de verdad, y descubre extrañado que no tiene ni siquiera uno, no puede pensar en ningún nombre al que dar el título de amigo, quizás él mismo es su amigo pero ni aún de eso está seguro.

En estos terribles momentos lo que sí sabe con seguridad es que le gustaría que la pesadilla hubiera terminado, también sabe que lo que tiene que hacer no quiere hacerlo.

Detiene sus erráticos paseos y se concentra para intentar recordar como empezó todo. Su mente se pregunta insistentemente porqué le tiene que pasa a él esto, él que siempre ha llevado una vida tan ordenada en la que todas las piezas encajaban en su sitio, sin dejar ni un resquicio a la improvisación ¿será precisamente por eso? –se pregunta.

Lo único que tiene claro es que se quedará donde está hasta haber tomado una determinación, eso es piensa, no se moverá hasta estar seguro de cuál será su siguiente paso.

Sabe que no es ningún cobarde, tiene muchos defectos pero no es un cobarde, por eso está seguro de que afrontará su problema cara a cara. Se enfrentará a lo que tenga que enfrentarse.

Una idea acude consoladora a su mente, llamara a su hermana y le contará la resolución que tome. Sí, pensándolo bien, confiaba en su hermana, se podría decir que era esa amiga que pensaba que nunca había tenido. Ella siempre había estado allí, aún cuando él la mayoría de las veces no lo notase. Al darse cuenta de esto instantáneamente se calmó, y se dio cuenta de que estaba divagando y que esto no era conveniente para solucionar su problema.

En un nuevo arrebato, el hombre del andén, se sentó en un banco y sacó del bolsillo el ajado mensaje de su mujer y volvió a releerlo por enésima vez, pero esta vez lo leyó desapasionadamente, con calma, sin tanta rabia, pero con la misma extrañeza, con el mismo estupor, con la misma incredulidad. Y entonces fue cuando con toda calma tomó su decisión.

La decisión de matarla. Desde ese mismo momento su mente y su cuerpo se relajaron y pudo pensar con toda claridad en cómo iba a  llevar a cabo el asesinato de su esposa.

¡Hola mundo!

¡He vuelto! Después de mucho tiempo de mantener este espacio cerrado por no poder mantenerlo por motivos de salud, he decidido volver a abrirlo para compartir con todos vosotros mis cuentos, mis relatos y mis historias. Espero que me visitéis y me deis vuestra opinión sobre lo que leáis.

Muchas gracias por visitarme

Angustia

 

No se porqué pero siento la necesidad de escribir en estas cuartillas, que he encontrado en un cajón, lo que me ha pasado esta mañana. Lo pongo por escrito para ver si así mis ideas se aclaran y dejo de estar tan confundida. Pero tropiezo con un serio problema: no se quien soy, ni tan siquiera recuerdo como me llamo.

Cuando desperté esta mañana estaba en una habitación desconocida para mí. Por la persiana se filtraba un poco de luz y pude ver que era una estancia grande. Me levanté, abrí la persiana del todo y vi que era una puerta ventana que daba a un balcón. La abrí y salí fuera. Estaba en un segundo piso y la vista daba a un hermoso jardín, rodeado de árboles. Al fondo podía verse campos y más campos que se perdían en la lejanía.

Volví al interior de la casa y abrí el armario cada vez más confundida. Dentro había prendas tanto de hombre como de mujer. Mi angustia iba en aumento al no poder reconocer nada de lo que allí había. De repente me entró miedo, mejor dicho, me entró pánico ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Quién era yo?

Intenté serenarme y decidí recorrer aquella desconocida casa para ver si la memoria volvía a mí.

En ese piso había tres habitaciones más y un cuarto de baño. Una de esas habitaciones era un despacho, la otra era, evidentemente, la de un niño pequeño, pues estaba llena de juguetes y tenía sus paredes decoradas con motivos infantiles. La otra debía de pertenecer a una jovencita, ya que estaba decorada con postes de cantantes, tenía un telescopio, muchos libros y algunas fotos de un chico joven muy guapo. Me llamó la atención que la cama estaba deshecha, aunque todo lo demás estaba en su sitio. ¿Dónde estarían esas personas? ¿Quiénes serían? ¿Y sobre todo dónde estaría ese niño pequeño? Al pensar en todo esto sentí una sensación en el estómago, como si me fuera a dar un desmayo, y venciendo las náuseas que parecían invadirme, bajé a la planta baja.

Entré en un gran comedor, me gustó la profusión de plantas y flores que había en aquella habitación,  que le daban un toque de paz y alegría.

De repente sucedió algo curioso, detrás de mi apareció un perro, no sé de dónde salió, pero lo curioso era que el perro parecía conocerme pues no ladró y movía la cola con alegría. Con un poco de recelo, por si me mordía, lo acaricié y seguí recorriendo aquella desconocida casa, ahora eso sí, seguida de aquel simpático animalito.

Entré en la espaciosa cocina, que tampoco me decía nada. Empecé a abrir los armarios y la nevera. Me sentí como un intruso que estuviera violando la intimidad de ese hogar,

Entonces me di cuenta de que sentía hambre, así que seguí buscando hasta que encontré todo lo necesario para prepararme un desayuno a base de te y tostadas, lo puse en una bandeja que había encima del mármol y salí al jardín.

Ya he dicho antes que era un jardín bastante grande con muchos árboles y flores y en la parte de atrás tenía una piscina, al ver el agua me entró frío y entonces, sólo entonces, me di cuenta de que estaba en camisón. Subí al piso de  arriba, abrí el armario y saqué unos tejanos y un jersey, los estuve mirando un buen rato, hasta que por fin decidí ponérmelos. Me sentí cómoda con aquellas prendas, como si las hubiera llevado más de una vez, cosa que me causó extrañeza pues estaba convencida de que no los había visto antes.

Me puse delante del espejo y contemplé aquella desconocida persona que era yo, cuando de repente me sobresaltó el timbre del teléfono. Mirando a mi alrededor, lo encontré encima de la mesita de noche, no sabía que hacer si cogerlo o no, pero aquel timbre no paraba de sonar, así que terminé por descolgarlo.

Oí una voz masculina que me dijo:

-¡Cuánto has tardado! ¿Qué estabas haciendo?

Yo no sabía que contestarle, así que me quedé callada. La voz siguió diciendo con un tono de preocupación:

-Cariño, ¿estás ahí? ¿No me oyes? ¿Qué pasa?

-Sí, estoy aquí –contesté asustada– ¿Quién eres?

-¿Cómo qué quién soy? –Ahora sí que había preocupación en esa voz– ¿Es qué no me conoces?

-No, no se quién eres –le dije a la voz.

-Pero bueno, ¿estás de guasa? Porque si es así no me hace ninguna gracia. ¿Quién va a ser? Soy yo, tu marido.

Entonces aterrorizada solté el auricular que cayó al suelo con un fuerte golpe. La voz seguía diciendo:

-¿Estás bien? ¿Qué es lo que pasa? Por favor contesta…

Cogí el teléfono y lo colgué. Al cabo de un momento volvió a sonar, pero no pude resistirlo así que tiré del cable y lo desenchufé.

Ahora no sé qué hacer, estoy muy confundida y asustada. Mi mente no recuerda nada.

¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué tengo ese vacío en mi memoria? ¿Quién soy?

Creo que lo mejor será esperar para ver si viene ese hombre que dice que es mi marido, para ver si lo reconozco, pero, ¿y si no es así? ¿Y si tampoco puedo reconocerlo? Y lo que es peor ¿Y si él tampoco me reconoce?

 

 

Siempre me ha angustiado la perdida de memoria, y ya no digamos esa terrible enfermedad que es el alzheimer. Es un tema que a la vez que me horroriza me fascina, esa es la razón de este pequeño relato, para ver si volcando mis angustias en el papel puedo difuminar mis fantasmas.

Los pajáros no tienen dientes

Hola a todos, quiero empezar este año con un poema de mi poestisa preferida Gloria Fuertes, me encantan sus poemas que aúnque nos parezcan sencillos tienen una profundidad asombrosa.

LOS PÁJAROS NO TIENEN DIENTES

Los pájaros no tienen dientes,
Con el pico se apañan.
Los pájaros pescan peces
Sin red ni caña.
Los pájaros, como los ángeles,
Tienen alas.
Los pájaros son artistas
Cuando cantan.
Los pájaros colorean el aire
Por la mañana.
Por la noche
Son músicos dormidos
En las ramas.
Da pena ver a un pájaro en la jaula.

Gloria Fuertes

 

La Obsesión

LA OBSESIÓN

 

 

La primera impresión que causaba aquella casa al verla era de incongruencia porque estaba metida entre dos altos bloques de pisos, parecía que había sido metida allí con calzador, que estaba encajada a la fuerza. Era una casa antigua, de dos plantas y daba la sensación de que sólo se aguantaba en pie porque estaba sostenida por los dos altos edificios que la flanqueaban.

Vivian en ella un matrimonio de mediana edad, sin hijos. Eran un matrimonio solitario, sin amigos que los visitasen, eran un matrimonio triste y ajado.

Él siempre tenía en su rostro una expresión de cansancio, de resignación, de amargura perenne, aunque a veces, muy pocas, en su ojos brillaba una chispa de rebeldía.

La mujer, en cambio, nada más verla acudía a tu mente la figura de algo duro, como una roca de granito, algo inamovible, imperturbable.

Parecía que, puertas afuera, sus vidas transcurrían con placidez, pero muy al contrario, de puertas a dentro sus vidas eran como un volcán en constante ebullición. Tenían un monotema de conversación y ese era la casa. Siempre acaban discutiendo por la casa, cuando rara vez eran capaces de dejar ese tema de lado, parecía que no tenían  de que conversar, no tenía casi nada en común.

-Dolores, esta casa cada día que pasa está peor, tiene más goteras, requiere más mantenimiento—le dijo el marido con voz suave y persuasiva, como quien habla con un niño.

Al oírlo ella se volvió rápidamente hacia él y con el rostro congestionado por la ira le gritó:

-Te he dicho una y mil veces que no quiero oírte hablar así, me tienes harta. Desde que vinieron aquellos contratistas, que no paras de decir lo vieja que está la casa, el dinero que se necesita para mantenerla, que si es fría, que si es caliente, bla, bla, bla. –Su mirada estaba llena de odio y en su voz vibraba el más profundo desprecio. –Eres un viejo inútil que no sirve para nada. No quiero oír hablar del tema ¿me oyes? ¡Ni una palabra más! ¿Entendido? Mira que decir que la casa está vieja. MI CASA no está vieja, es una casa espléndida ¿me oyes? ¡Espléndida!

Él salió de la habitación cabizbajo, estaba más que harto. Estaba obsesionada, siempre hablando de lo maravillosa que era aquella casa, que si su casa esto, que si su casa lo otro, esa actitud no era normal, como tampoco era normal lo que hacía, como subir todos los días al terrado a ver los desagües, como no querer flores en el terrado porque decía que al regarlas se humedecían las vigas, como cerrar y abrir la puerta de la calle varias veces para que fuera más suave. Tampoco era normal el fregar el suelo cinco veces cada día o las escaleras tres o cuatro, en fin que estaba loca, como su hermana.

Su pensamiento se fue volando hacia su cuñada, la pobre Herminia que desde los veinte años estaba ingresada en un psiquiátrico, sufría de depresiones profundas. A veces, cuando los médicos dictaminaban que su estado era estable, pasaba temporadas en casa.

Los primeros días que Herminia pasaba en casa eran días tranquilos, Dolores se ocupaba de ella y a él le dejaba tranquilo y parecía que en esas ocasiones se olvidaba un poco de la casa, pero esto no duraba mucho y al poco tiempo todo volvía a ser igual, con el agravante de que su cuñada unas veces estaba amable con él y otras ni le dirigía la palabra. No sabía nunca como tratarla.

En los últimos días no hablaron de la maldita casa, Herminia estaba pasando una temporada con ellos, así que decidió contarle a su cuñada el proyecto que tenía de vender la casa, en el fondo tenía la esperanza de que Herminia convenciera a su hermana de que era una buena idea.

 

Un mañana mientras Dolores quitaba el polvo de la habitación su hermana le dijo:

-Me ha dicho Juan que no quieres vender la casa pero, ¿por qué? No lo entiendo ¿Por qué te aferras a esta vieja casa que el día menos pensado se  te cae encima?

-¿Tú también? ¿Es que os habéis puesto de acuerdo? Parece mentira, lo último que podía esperar de mi hermana es que se ponga del lado de ese marrullero. Tú no sabes nada de  nada, sólo sabes lo que él te ha contado él sólo ve el dinero que le darán por esta casa, que según él, será mucho. Pues bueno, si es mucho será porque la casa lo vale ¿no? Es un egoísta sólo piensa en él y en el maldito dinero.

-Pero Dolores, la casa en verdad que está vieja, tiene goteras, es fría en invierno y calurosa en verano, no entiendo como le puedes tener tanto cariño. Os pagaran muy bien y con ese dinero podéis ir a vivir a una casa nueva en un lugar mejor.

-Un casa nueva, una casa nueva, ya hablas como el imbécil de Juan, ¿qué os pasa ahora que os lleváis tan bien?

-Juan es un buen hombre.

-¿Ah, si? Pues no siempre decías eso.

-Ya sabes que cuando me comporto de aquella manera no soy yo misma, es por culpa de mi enfermedad.

-¡Ah, qué bien sabes manejar tu enfermedad! ¿No te acuerdas de cuando decías que cualquier día le clavarías un cuchillo y que como estás loca nadie te podría echar la culpa?

-No seas cruel Dolores, no me recuerdes esas cosas.

Herminia se alejó llorando, no entendía a su hermana, parecía como si quisiera que tuviera otra crisis. Se encerró en su cuarto y se hizo el firme propósito de no salir mientras estuvieran las dos solas. ¿Por qué tenia que ser ella la que hubiese heredado la enfermedad de su madre y no su hermana? Aunque pensándolo bien, Dolores hacía cosas muy raras y tenía muchas manías. Sí, pero era ella y no su hermana la que estaba encerrada, ¡cómo la odiaba cuando se comportaba como esa tarde! ¡Qué dolor de cabeza le estaba entrando! Era como tener una locomotora a toda marcha dentro del cerebro.

Aquella noche, mientras cenaban, el ambiente estaba cargado de tensión. Había tanto silencio en el comedor, que cada vez que Dolores dejaba un plato en la mesa era un alivio oír el golpe que producía.

Juan volvió al ataque de nuevo:

-Dolores tienes que saber que he tomado una decisión, estoy dispuesto a vender la casa, es una buena oferta la que me hacen por el solar, porque la constructora no quiere la casa para nada, la derribarán para hacer pisos, por eso nos ofrecen tan buen precio.

Su mujer no dijo nada, se limitó a mirarlo fríamente y recogiendo los platos se fue a la cocina.

Herminia tú ¿qué opinas?

-Ya sabes Juan que eso es cosa vuestra.

-Te estoy pidiendo tu opinión que para mi es muy importante.

-Bueno, si quieres saber mi opinión, creo que harás muy bien en vender. Además cuando mi hermana lo vea como una cosa hecha se le pasará el disgusto y verá las cosas de otra manera.

Cuando Dolores volvió de la cocina traía una expresión rara, como de satisfecha por algo y eso no era normal en ella y mucho menos después de haberle dicho Juan que lo de vender la casa iba en serio.

-Nunca dejaré que vendas esta casa, ¿me oyes? ¡Nunca!

Su voz sonaba fría como el acero. Su marido intentó, una vez más, hacerla razonar.

-Hablemos tranquilamente. Nos van a dar mucho dinero, estos terrenos se han revalorizado mucho, con el dinero que nos den podríamos comprarnos una casita en el campo, que a ti siempre te ha gustado, o en la playa y aún nos quedarían unos buenos ahorros.

Dolores se levantó de la mesa como movida por un resorte, parecía a punto de estallar y de repente, como por arte de magia, su semblante cambio; se volvió a sentar y dijo con una calma calculada:

-Deja que lo piense. Esto no quiere decir que sí, que vayamos a vender, sólo te digo que deja que me lo piense. Puede que después de todo no sea tan mala idea. Mañana volveremos a hablar del tema. Voy a preparar el café.

Una vez en la cocina, sacó del bolsillo el frasquito de píldoras para dormir que había cogido de la habitación de su hermana, machacó casi todas las píldoras en el mortero y las vertió en el café recién hecho. Llevó el café a la mesa y volvió a la cocina a fregar los platos. Sabía perfectamente que los dos se beberían el café.

Los dos cuñados estaban atónitos por el cambio operado en Dolores.

-Ya te dije Juan, que mi hermana en cuanto lo viera como una cosa hecha, entraría en razón, ¿quieres una o dos cucharadas de azúcar?

-Tres, por favor, me gusta muy dulce. Por primera vez, en este tema, tu hermana ha sido razonable, es todo un cambio, ojala lo medite bien esta noche. Es la primera vez que tengo esperanzas. –Se bebió de un trago el café –bueno me voy a la cama.

-Buenas noches Juan, yo iré a ver si mi hermana necesita ayuda con los platos.

Se  dirigió a la cocina donde Dolores estaba terminado de fregar.

-¿Quieres que te ayude? Sabes, creo que es una buena idea lo del apartamento en la playa ¿verdad?

-No lo sé, no me atosigues, ya os he dicho que me lo pensaré ¿qué más queréis? No me agobiéis.

-bueno, tranquila, no te enfades. Si no me necesitas me voy a la cama que tengo mucho sueño.

En la casa reinaba un silencio extraño, amenazador, una tranquilidad sólo interrumpida por los pasos de Dolores que daba vueltas y vueltas alrededor de la mesa del comedor.

Su marido y su hermana hacía ya horas que se habían acostado y ella iba de una habitación a otra para comprobar su sueño. Gracias al narcótico no había razón para preocuparse, los dos dormían profundamente.

Su cabeza, al igual que sus pies, no paraba de dar vueltas a la idea que había concebido días atras y que esta noche por fin llevaba a la práctica.

Ella no se iba a quedar sin su casa, y para eso estaba dispuesta seguir con su plan.

Se fue a la cocina y cogió el cuchillo de trinchar y se dirigió a la habitación de su marido, al verlo allí tendido, todo el odio que sentía volvió a renacer con más fuerza que nunca y alzando el cuchillo descargó varios golpes con una furia increíble, los brazos subían y bajaban una y otra vez descargado toda su rabia. Golpeó furiosa y salvajemente hasta que el agotamiento la hizo parar.

Entonces con mucha calma se dirigió a la habitación de su hermana. Herminia estaba completamente relajada. Dolores se acercó a la cama y se limpió las manos en el camisón de su hermana y con mucho cuidad limpió el mango en las sabanas y colocó el cuchillo entre las manos de Herminia. Apagó la luz y se fue a su habitación. El resto de esa noche durmió como nunca había dormido.

Ya había pasado una semana de los hechos relatados.

El día era gris y llovía fuertemente desde hacía tres días. Las goteras derramaban el agua en un destilar continuo. Por todas partes había cacharros para contenerlas, pero Dolores era feliz. Su plan había salido a la perfección. El dictamen de la policía había sido tal y como ella esperaba, en una recaída de su enfermedad, Herminia, había asesinado a su cuñado. Había ayudado el hecho de que Herminia se creía culpable y no recordaba nada de nada. Se la habían llevado al hospital con una crisis aguda.

Dolores se sentía estupendamente, no le preocupaba nada en absoluto, ni siquiera las condenadas goteras, estaba alegre, casi rejuvenecida. Nadie la molestaría ya nunca más con esa tontería de vender la casa. Por fin se había librado de ellos.

Esa noche el hombre del tiempo había anunciado la alerta máxima pues se esperaban lluvias torrenciales, pero eso a ella tampoco le importaba porque tenía su casa para ella sola y eso era lo único importante para ella.

A altas horas de la madrugada se oyó un gran estruendo, los vecinos a pesar del fuerte aguacero, salieron a los balcones y a la calle. Lo que vieron sus horrorizados ojos fue que la vieja casa se había derrumbado a causa de las lluvias y que había sepultado a su vecina Dolores.

Ahora sí que era completamente feliz, la casa y ella eran una sola cosa.

 

 

 

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